viernes 6 de noviembre de 2009
La Sangre es más delgada que el Agua, Parte 3, Nov 20, 2009
Les aviso que la parte 3 estará lista el dia 20. Prometo guardar una lana para que no pase lo de la otra vez. Podrán encontrarla donde siempre. Saludines.
jueves 30 de julio de 2009
Ghost in the Shell, por canal 22, Agosto 8, 10 pm!!!!!!!!!!!!
jueves 23 de julio de 2009
¡Esos son actores, con un caramba!
lunes 13 de julio de 2009
La Sangre es màs delgada que el Agua, Parte 2, 20 Jul 09
Y recuerden: LOS VAMPIROS SON COMIDA.
jueves 30 de abril de 2009
¡Damos la bienvenida a Brigada Estelar!!!!
Es para mí un enorme placer dar la bienvenida entre nuestros (algún día) numerosos seguidores a Brigada Estelar. Busquen el recuadrito que dice Seguidores y échenle un ojo a ése blog.
Por supuesto, también recomiendo el blog de mi maestro. Es interesante lo que dice sobre la epidemia: http://emelkin.blogspot.com/2009/04/influenza.html
viernes 24 de abril de 2009
La sangre es más delgada que el agua. (Sueño 1 may 08) Parte 1
Nuestra bella ciudad, llamada en la antigüedad la Venecia de Europa del Este, está infestada de una plaga. Son muchos, de muchos lugares, atraídos por la promesa de la sangre fácil. Muertos blancos, se desplazan sobre los tejados, los estacionamientos, los canales. Saltan de los edificios y, sin importarles sus huesos rotos, siguen caminando como si tal cosa. Nadie está seguro ni aún en el propio hogar: no se intimidan por supersticiones ancestrales y desdeñan el poder de los artículos religiosos. Las cápsulas de ajo deodorizado se han vuelto un artículo infaltable en cada familia y aún el niño más melindroso las toma sin dudarlo: es lo único que los mantiene medianamente alejados (sin mencionar el hecho de que también repele a varios vivos de olfato bastante fino). Además, contagian su mal a diestra y siniestra. Calculamos que al menos una sexta parte de la población ya vive de noche una existencia a la que es difícil llamarle vida. Sin embargo, debo decir que confío plenamente en que esto terminará. Comencé a tener ésta convicción precisamente justo después de que una chica de cabello color zanahoria que tenía diecisiete años desde hace veinte me contagió de la sed de sangre, abandonándome a continuación a mi suerte sin siquiera enseñarme la diferencia entre una vena y una arteria. Durante días, es decir, durante noches enteras erré por la ciudad. La sed me atormentaba terriblemente, pero la simple idea de alimentarme de alguien más me repugnaba y no lograba convencerme de drenar al menos algunas unidades de sangre a los vagabundos de la estación de autobuses. Es terrible el vampirismo: es como si el orden cósmico se alterara por tu culpa. Dios te creó para nacer, hacer de tu vida lo que debes hacer y a continuación azotar como chango y llegar a su presencia gloriosa y el paraíso o el infierno, según. Pero tú lo pones todo de cabeza: te niegas a morir, aunque de hecho ya has muerto, y ni pa tras ni pa delante. Y para mantener ése statu quo robas la vida de otros aunque no quieras hacerlo. Y yo no quería hacerlo.
Y en ése dilema moral estaba cuando un grupo de ellos me rescató. Me ocultaron del sol y me dieron a beber de una rata cuando estaba a punto del desmayo. Al recobrar la conciencia, me percaté de lo sucedido e intenté vomitar, pero fue inútil. Sin embargo, ellos me trataron con amabilidad y trataron de enseñarme lo que era ser un vampiro. Intentaron convencerme de que bebiera sangre, ofreciendo incluso la suya, a lo cual me negué. Me aterraba la sola idea de mi situación actual, y me obsesionó la idea de salir en cuanto amaneciera, y que todo terminara aún antes de haber empezado, pero ni siquiera para ello tenía fuerzas. Así que, para mi propia sorpresa, acabé aceptando al menos la dieta de ratas, lo que me dio energías para acompañar a mi nueva familia en sus correrías aunque no fuera partícipe de ellas. Mis amigos solían ordeñar sólo algunas personas por las noches, casi nunca a los mismos, y sólo lo suficiente para calmar la sed, y así se aseguraban el alimento indefinidamente, al contrario de otros vampiros que no parecían sentirse satisfechos hasta drenar a las personas completamente. El asalto rara vez era violento: entraban a la casa de las víctimas mientras éstas dormían, ordeñaban a uno o dos de los miembros adultos, nunca a los niños, y salían tan sigilosamente como habían entrado. Y los ordeñados despertarían en la mañana con tan sólo cierta debilidad general y dos casi imperceptibles marcas en el cuello. Con ésta simple acción ganaron mi respeto y mi admiración eternos.
Hace un rato hablé de los depredadores naturales de cada especie. Es normal que casi cada criatura sobre la tierra tenga uno o varios de ellos. Es la única manera en que el orden natural se equilibra.
Hay algo que muchos vampiros ignoran, y que los jefes de los clanes más antiguos no quieren que se sepa.
Los vampiros también poseen su propio depredador natural.
Hubo un tiempo en que la población de vampiros estaba estrictamente controlada: ellos se comían a la gente, y alguien más se los comía a ellos, y se conservaba una especie de equilibrio ecológico retorcido y extraño pero bastante lógico.
Desaparecido el depredador natural de los vampiros, la población de éstos se disparó.
Antes, los antiguos jefes de los clanes prohibían a sus hijos de sangre que se acercaran a los canales de agua salada. Muchos, deseosos de alimentarse, desoían las órdenes. Rara vez se les volvía a ver. Pero al ser cada vez más escasos los ataques, las prohibiciones de acercarse a los canales se fueron relajando hasta el grado de que ni siquiera los vampiros más ancianos se acordaban de la criatura ancestral a la que servían de alimento. Era aterrador para ellos ver cualquier sombra en el agua en aquel entonces. La simple vista de la silueta de su aleta caudal bastaba para ponerlos en fuga. Pero a aquella mítica criatura inmortal rara vez se le escapaba uno: se hablaba de voluminosos monstruos marinos que saltaban con la agilidad de delfines entrenados para pescar al vuelo a algún vampiro que se creyó demasiado listo para saltar de una azotea a otra intentando evitar el puente. Para aquellos seres, inmortales por derecho propio y no por arrebatarle la vida a alguien más, los vampiros eran fáciles de atrapar, y les aseguraban un alimento constante. No importaba dónde se escondieran, se decía que las criaturas del agua podían, aunque con ciertas dificultades, tomar forma humana. Caminaban por las noches en la ciudad y devoraban allí mismo a los incautos vampiros que se apresuraban a atacarlas, volviéndose los cazadores en presas. Y, cosa curiosa, seguían el mismo sistema de mis amigos: no devoraban de una sentada a todos los vampiros de la región, sólo los suficientes para que la población se repusiera, y tener siempre de ese modo una fuente de alimento segura.
Pero, como dije, aparentemente habían desaparecido. Y con ellas, la prohibición de acercarse al agua, así que podíamos cazar en donde quisiéramos. Bueno, sólo mis amigos, pues yo me había decidido a seguir mi dieta de rata, por toda la eternidad si fuera preciso porque, lo quisiera o no, ya me había hecho a la idea de lo que era yo ahora. Obviamente, carecía de la fuerza y velocidad sobrehumana de los vampiros que se alimentan de personas, así que la rata que intentaba atrapar aquella noche se me escapó en dirección al muelle. Me gruñía el estómago, así que me lancé en su búsqueda mientras mis compañeros suspiraban intentando armarse de paciencia. Querían sorprender a los vigilantes de los yates para ordeñarles un par de centímetros cúbicos, y era evidente que yo estaba haciendo mucho ruido. Me pidieron que me callara: si asustaban a los vigilantes antes de ordeñarlos, la sangre no tendría buen sabor y estaría, además, cargada de desagradables sustancias endocrinas. Intenté obedecer, pero seguía sintiéndome débil. Lo que sucedió después no me queda lo suficientemente claro: ¿tropecé, y accidentalmente metí la pierna izquierda al agua, o algo tiró de mi tobillo? Lo ignoro, pero el caso era que terminé sin mi rata, con el pantalón empapado... y con una extraña marca en la pantorrilla izquierda, justo sobre el tobillo. Mis amigos dieron la cena por perdida y acudieron en mi ayuda. Cuando levanté el pantalón para descubrir la marca, pensaron que me había arañado algún madero astillado, y me dijeron que no me preocupara: las heridas de los vampiros suelen sanar en cuestión de horas y desaparecer, como si nunca hubieran existido, en menos de un día.
Pero aquella marca no sanó. De hecho me causó fiebre y un dolor punzante el resto de la noche, cosa que sorprendió a mis compañeros, que podían sacarse las entrañas y seguir caminando llevándolas de corbata sin apenas percatarse de ello. Perdí el apetito, y no pude pegar los ojos en todo el día.
Abrí la tapa de mi ataúd, que tan generosamente me habían conseguido mis amigos, y eché un ojo al despertador. Eran las dos de la tarde. Es falso que los vampiros duerman tiesos como muertos en sus ataúdes: podía escuchar cómo mis amigos y maestros se movían dentro de ellos buscando posturas más cómodas, entre sonoros ronquidos. Me froté la cara con exasperación. Antes de que me contagiaran el vampirismo, me era imposible dormir de día a menos que estuviera en un estado de agotamiento total. Dormíamos en un sótano lejos del sol, así que decidí estirar un rato las piernas. Salí de mi sarcófago y di un par de vueltas, pero no lograba adormilarme. Fui hacia el ruinoso refrigerador, pensando en lo que dirían mis amigos al verme en busca de un bocadillo de mediodía... y quizá asombrándose de que éste bocadillo consistiera en una bolsa de plasma sustraída al banco de sangre del hospital universitario, cuando yo siempre me negué a alimentarme de sangre humana. Pero cuando abrí el refrigerador, descubrí que aquella sensación no era de hambre: al ver las bolsas de sangre, no sentí sino una profunda indiferencia, como la que sentiría Mahatma Gandhi ante una hamburguesa recién hecha. “La maldita dieta de ratas me está haciendo daño”, pensé instantáneamente. Si alguna de ellas me había transmitido alguna enfermedad o parásito de los muchos de que eran portadoras, ya me había fregado para toda la eternidad. Mis conocimientos de medicina vampírica se reducían a cero, mientras que mis compañeros, perfectamente inmunes, eran capaces de drenar a enfermos de Ebola y seguir tan campantes, por lo que probablemente no sabrían cómo ayudarme con mi falta de sueño y apetito, y con el maldito dolor de la pierna que, afortunadamente, comenzaba a ceder. Volví a recostarme en mi ataúd sin cerrarlo. Como no podía dormir, intenté al menos cerrar los ojos y relajarme.
Y entonces oí, como un susurro, aquella voz por primera vez, murmurando palabras difusas, como desenfocadas, como si se oyeran a través de una tapia las voces lejanas de la calle. Pensé que mis amigos hablaban dormidos, y por curiosidad quise averiguar de cuál de ellos era la voz. Pero no se parecía a la de ninguno. Y entonces me asaltó la desazón: si los sentidos de un vampiro que se alimenta de sangre humana son increíblemente agudos, ¿porqué ninguno de ellos despertó al oír la voz desconocida? A pesar de los ronquidos, yo sabía que saltarían de sus ataúdes ante el menor ruido que indicara una amenaza. Levanté la tapa del ataúd del jefe de nuestro grupo. A despecho de su aspecto feroz, dormía como un bendito, como el bendito que no precisamente era.
Y, en ése momento, me gruñó el estómago.
Cerré la tapa lo más rápida y silenciosamente que pude, y abrí de nuevo el refrigerador.
Sentía la tripa vacía, pero la sangre seguía sin antojárseme. Mas bien me daba asquito. ¿Qué rayos me estaba pasando?
De pronto, caí en la cuenta de algo. ¿Y si...?
Subí como una ráfaga las escaleras, abrí de un tirón la puerta del edificio abandonado... y salí al sol.
Devoré el helado, desde la cobertura de chocolate hasta la punta del barquillo de galleta. Ni siquiera perdoné el chocolate derretido que se me quedó en los dedos, y luego me recosté a reflexionar largamente. El helado me gustó, de hecho me encantó, pero no me satisfizo. Seguía sintiendo hambre, e intuía que no podría quitármela con las existencias mundiales de Domino’s Pizza.
Cayó la tarde, y yo no podía dilucidar el misterio. Mis amigos despertarían en un par de horas. ¿Y qué les iba a decir? ¿”Miren, me curé de pronto y ni siquiera supe cómo”?. Lancé un suspiro. Como fuera, todo había cambiado. Yo estaba del otro lado ahora, había vuelto a la vida, había vuelto al sol y a los helados con cobertura de chocolate. Definitivamente no podría vivir con ellos de nuevo.
Y especialmente porque, cuanto más pensaba en mis amigos, más hambre me daba, cosa que simplemente no podía explicarme. Bajé de nuevo al sótano. Mis amigos seguían durmiendo. En aquél preciso momento, por alguna razón, me parecieron tan vulnerables, tan fáciles de ser destruidos en el sueño mortal de sus ataúdes, que me inspiraron compasión. Pero mi estómago se retorcía al verlos con violencia cada vez mayor.
Busqué un lápiz, y en la envoltura del helado garrapateé un apresurado mensaje de agradecimiento y despedida. Era inútil decirles que me había curado, quizá únicamente lograría suscitar odio y envidia en aquellos vampiros de tan poco usual espíritu compasivo, así que sólo les escribí que me iba, y que les agradecía por haber cuidado de mí todo éste tiempo. Dejé la nota sobre mi ataúd, teniendo el presentimiento de que jamás (¡JAMÁS, BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA!) iba a volver a utilizarlo, y salí apresuradamente de allí rumbo a mi casa.
Al cruzar un puente, sentí una sensación distinta del hambre.
Miré mi reflejo en el agua. Algo me llamaba allá abajo, y me pareció escuchar de nuevo aquella voz difusa que oí a media tarde. Sin embargo, me dominó el pensamiento de que tenía yo un aspecto atroz y que debía llegar a casa para asearme, y que si me entretenía en el camino volvería a encontrarme con un vampiro y entonces todo volvería a comenzar, así que bajé del puente corriendo.
Con desesperación abrí la puerta y lancé, como siempre hacía, las llaves sobre la cómoda. Me quité la chaqueta y la camiseta y abrí el bote de la ropa sucia para arrojarlas dentro.
Y retiré la mano de inmediato, porque una garra diminuta, pero armada de filosas uñas, casi me atrapa los dedos. Un resoplido amenazador brotó del interior del bote. Con la punta del mango de la escoba levanté cuidadosamente la tapa de nuevo.
Y entonces el temor fue sustituido por un sentimiento de ternura. Una gata había elegido mi casa, y más específicamente el bote de la ropa sucia, como el lugar idóneo para dar a luz cuatro hermosos cachorritos, a los que no había dudado en defender con fiereza en cuanto levanté la tapa.
Nunca había tenido una mascota, pero decidí adoptar a la gata y a sus pequeños de inmediato.
Porque es bien sabido que, en las casas donde viven gatos, las ratas no suelen entrar.
Comí abundantemente y a mis horas al día siguiente. Hice la limpieza del refrigerador, y todo lo que hubiera caducado, estuviera verde sin ser vegetal o tuviera apariencia sospechosa, fue descartado de inmediato. El resto fue engullido con la misma rapidez. Y, sin embargo, aún tenía hambre.
La gata aprendió a tolerarme cuando le di croquetas, leche y atún de lata. Después del malentendido de ayer, comprendió que, aunque me moría de hambre, devorar a sus gatitos no estaba entre mis planes.
Dormí intermitentemente durante el día, por lapsos de quince minutos a dos horas. El resto del tiempo me mantenía en actividad constante tratando de limpiar la casa. Pero al atardecer, se me fue el sueño por completo. A la una de la mañana, oí ruidos en la calle. Antes de percatarme de ello, ya había salido sin siquiera ponerme un abrigo. No podía explicármelo, pero había escuchado lo que sucedía a varias calles de distancia.
Un vampiro atacaba a una joven. La había sujetado con fuerza y trataba de alcanzarle el cuello. Ella, ¡pobre esfuerzo inútil!, intentaba oponer una desesperada resistencia. Pude ver claramente su gesto de terror y las lágrimas asomar en sus ojos. En ése momento, sentí rabia.
Y hambre.
El vampiro sonrió al verme llegar, pensando que aquella noche era al 2 x 1 como en la pizzería. En cuanto terminara con la chica, probablemente seguiría yo.
Pero antes de que pudiera hacer nada, aparté a la chica de en medio y le di a él un golpe en el pecho. Mas bien fue una especie de empujón... pero lo mandó diez metros adelante, cruzó el canal volando por los aires y se estrelló contra el muro de la iglesia de San Nicolás.
En un estado de frenesí, atravesé el canal de un salto y levanté al vampiro sujetándolo por los hombros. De reojo noté que la chica salía huyendo como alma que lleva el diablo, pero nada me importaba ya en ése momento. Excepto la cena.
El vampiro me mordió la mano, e instintivamente lo solté. Y él gritó. Pude ver cómo brotaba humo de las comisuras de sus labios, mientras mis heridas cicatrizaron instantáneamente. Pero el vampiro sentía un dolor terrible y gritaba demasiado. Si sus compañeros lo escuchaban tendría encima al clan local entero en menos de un minuto.
Lo único que se me ocurrió para callarlo fue echarle atrás la cabeza y arrancarle la tráquea de una dentellada. Y, en ése momento, supe cómo saciar el hambre que me torturaba.
Parte 3
Incapaz de gritar, comenzó a agitarse frenéticamente en el piso, llevándose las manos a la garganta y boqueando como un pez. Ignoraba que no necesitaba en absoluto respirar debido a que, simplemente, estaba muerto. Engullí de un golpe el pedazo de tráquea. De algún modo estimuló las papilas de mi lengua como jamás lo hizo antes alimento alguno. Y sin detenerme a reflexionar si aquello era correcto o incorrecto, comencé a comerme al tipo allí mismo. Es extraño ahora que lo cuento, pues mis sensaciones estaban embotadas por el hambre y al mismo tiempo yo no parecía ser quien (o lo que) era, es como si me viera a la distancia describiendo lo inconcebible para un ser humano: el vampiro era mi cena, y me había decidido a engullirlo por completo, cosa que descrita ahora suena horrenda, pero que en ése momento me pareció lo más lógico y natural del mundo. Era fácil hacerlo: separé del tronco por completo la cabeza, que se dedicó a mirarme con expresión atónita mientras me zampaba el resto de su cuerpo (excepto los pies, aparentemente se cambiaba los calcetines cada siglo). Sin embargo, sin saber del todo porqué, aparté los pedazos con la carne más suave y tierna, los brazos y los muslos, y los intestinos junto con el estómago, que había pensado desechar al mismo tiempo que la ropa. Pronto no quedó sino los huesos de cadera y torso junto a la estupefacta cabeza, cuyos ojos aún parpadeaban con asombro. Tardé algo en comprender el porqué de ésa mirada: él solía ser el cazador. Y para un cazador convertirse en presa es algo inconcebible. Simplemente no podía aceptar que él, que probablemente se alimentó de otros seres durante miles de noches, ahora se hubiera convertido en la cena de alguien más.
Revisé el reloj de mi teléfono. Amanecería en unas tres horas. Coloqué el esqueleto, los intestinos, la ropa y la cabeza, que aún parpadeaba desconcertada, en una bolsa de plástico, y los dejé en un parque cercano cerca del cual no hay edificios altos, con la bolsa abierta. Les daría el sol antes de que alguien los descubriera.
En ése momento escuché voces que reconocí de inmediato. ¡Mi antigua familia de vampiros se acercaba! ¿Qué iban a pensar si me encontraban después de haberme comido a uno de los suyos?
¿Y si volvía a sentir hambre enfrente de ellos? Eran vampiros, pero yo no quería dañarlos. Rápidamente volví a donde había dejado la bolsa de plástico y hurgué en los intestinos de mi víctima hasta sacar el estómago. La sangre me repugnaba, pero hube de vaciar el estómago y untármela en toda la boca.
En ése momento justo fue que me encontraron. Rápidamente deslicé el estómago tras unos arbustos. Me reconocieron de inmediato, los saludé, y me felicitaron al verme la cara llena de sangre, señal inequívoca de que ya me alimentaba de seres humanos sin ayuda. Afortunadamente no notaron que mi tono de bronceado había cambiado de muerto fresco a citadino pálido (aunque, pensándolo mejor, después de dos años sin salir de vacaciones, no es mucha la diferencia). Me sorprendió no sentir hambre al verlos, y eso me facilitó las cosas. Quizá mi estómago ya estaba satisfecho, o el aroma de la sangre me había quitado el apetito. Como fuera, ellos estaban a salvo de mí por el momento. Habían quedado de verse con un vampiro nuevo para enseñarle la forma de ordeñar correctamente, pero al parecer no podían encontrarlo por ninguna parte, y el jefe del grupo parecía preocupado de que la sed lo impulsara a atacar. Se despidieron, por tanto, y continuaron su búsqueda. Les estreché la mano efusivamente y les di las gracias por lo que habían hecho por mí, y ellos desaparecieron por las calles. Apenas se hubieron perdido de vista, corrí a lavarme a la fuente del parque antes de que el olor de la sangre me hiciera vomitar. Ellos me ayudaron, y yo jamás los dañaría, pero ahora intuía que eran el plato fuerte del resto de mi vida, ¿qué podía hacer?
Decidí no pensar en ello por el momento. Debía recuperar los perniles de vampiro de su escondite junto al canal donde me lo comí. Recordé que había saltado sobre el canal y la mitad de la pequeña explanada junto al puente, mas otros tres metros del terreno de la iglesia. Y sin mayor esfuerzo de mi parte.
No quería aceptarlo. No había vuelto a la normalidad, no me había curado de vampirismo.
Simplemente me había convertido en una cosa diferente.
Llevé sin dificultad alguna los brazos y piernas (¡sin pies!) del vampiro hasta la orilla del canal, y allí los arrojé. Me senté unos minutos a esperar en silencio.
El agua en el canal se agitó al paso de una sombra submarina gigantesca Pude ver un dorso escamoso y una aleta caudal enorme. Y entonces lo supe.
Los perniles eran para mi nuevo maestro.
Esperé reverentemente a que hubiera terminado de comer, y entonces me sumergí en el canal para recibir mis primeras lecciones.
Mi apariencia cambió, y, aunque no fue una transformación total, ahora me parecía más a mi maestro, que me guió por los canales enseñándome los mejores lugares para cazar. Los perniles, como dije, eran para él. Era viejo, y ya no podía cazar como antes. Presa de la desesperación, veía cómo sus congéneres desaparecían mientras el número de vampiros se multiplicaba. Así que, si no puedes vencerlos, usa sus mismos trucos contra ellos. Él fue quien me mordió aquella noche en el muelle, secretando en la herida una toxina que me convirtió en lo que era ahora. De haberme alimentado de sangre humana entonces, me habría desintegrado enseguida. Él tenía buen ojo, así que me escogió, dándome una mordida lo más suave que pudo y aguantando las ganas de devorarme por completo, algo complicado, además, pues sus últimos dientes estaban ya flojos. Me había contagiado de ser lo que era ahora, así como la chica del cabello anaranjado me había contagiado de vampirismo. Ahora sería mi responsabilidad controlar a la población de vampiros y reclutar a otros, ya fuera entre vampiros o humanos, pero por el momento, había cosas mucho más importantes por aprender.
Nunca había viajado por los canales bajo el agua. Era como viajar bajo un cielo de plata y mercurio. Teníamos una vista privilegiada de las estrellas y de todo lo que estuviera junto al canal. Contemplé a mi maestro con detenimiento. Su aleta caudal era al menos diez veces mayor que la mía, y la forma humana que yo aún poseía él hacía mucho que había abandonado el intento de adoptarla. Le pregunté si Ulises en su viaje habría conocido a sus antepasados, ahora los míos. Después de todo, somos inmortales, así que era probable que Homero hubiera mencionado en realidad a nuestra gente en
Un vampiro se ataba las cintas de sus botas negras. Siguiendo las instrucciones de mi maestro, saqué la cabeza del agua bajo el puente cercano para ocultarme de la vista de sus eventuales compañeros. Pero estaba solo. Apoyó el pie sobre una lancha estacionada para terminar de atarse las cintas. Evidentemente era tan joven que jamás oyó hablar de la prohibición de acercarse.
Salí del agua de un salto, rodeé su cuello con mi brazo y me sumergí llevándolo conmigo sin darle la menor oportunidad de gritar. Pronto el cielo de mercurio y plata sobre nosotros se tiñó de rojo.
Aquella noche comimos hasta hartarnos, y yo siempre desmembré las piezas de caza para darle a mi maestro las partes fáciles de comer. Deseé seguir cazando toda la noche, la carne de vampiro se había convertido en una auténtica droga para mí, pero mi maestro aconsejó que nos detuviéramos por el resto de la noche, o los vampiros sospecharían de la repentina y numerosa desaparición de compañeros suyos junto a los canales. Luego me enseñaría a cazar en tierra, decía que yo tenía la ventaja de que los vampiros aún me consideraban de los suyos y no me temerían. Podría acercarme a ellos como ninguno de mis congéneres lo había hecho nunca. Dijo que mi primera cacería en tierra había salido bien, pero que tenía que aprender a sorprenderlos para que no hicieran escándalo, y también debía aprender a pelear contra ellos pues los vampiros más viejos son excelentes peleadores. Tuve suerte de que me tocara un novato.
Llegamos al canal que pasa detrás de mi casa. Me despedí de mi maestro y recobré mi forma original (no puedo decir “mi forma humana”. Ya no lo soy). Aún podría dormir algunas horas antes de que amaneciera. Cuando alcanzase el tamaño de mi maestro, dormiría como lo hacen los delfines: con un hemisferio cerebral por vez. Pero por el momento el cansancio y el estómago lleno exigían un descanso de cuerpo y cerebro completos.
Para mi sorpresa, la gata me recibió con un ronroneo mientras se frotaba contra mis piernas. Quizá porque me aceptaba al fin, quizá porque adivinaba mi verdadera naturaleza y para ella mi cuerpo olía a pescado, no lo sé. Pero le di de cenar para que alimentara a sus gatitos, y luego me tumbé en la cama sin siquiera molestarme en quitarme la ropa mojada.
Otras noches, otras lecciones. Vampiros abiertos en canal, como pollos rostizados. Las garras que me brotan de los dedos mientras estoy en los canales están más afiladas que un cuchillo Ginsu. También puedo usarlas fuera de los canales, en los callejones oscuros o los tejados solitarios donde mis presas acechan a las suyas. Soy consciente de que, a pesar de que ellos son mi comida, también pueden resultar peligrosos: aún los más jóvenes e inexpertos son casi tan fuertes como yo mientras estoy bajo mi apariencia humana (claro, en los canales el asunto es muy diferente), así que la cacería en tierra firme depende en su mayor parte de la sorpresa. Mi maestro presume habitualmente su habilidad de moverse en tierra a una velocidad increíble en absoluto silencio para sorprender a los vampiros que intentaban alimentarse de las damas de la corte durante los saraos de
Un día, mientras me lavaba los dientes, descubrí una pequeña bolita bajo mi lengua. Mientras me preguntaba con intranquilidad si nosotros, los inmortales de los canales, podemos padecer cáncer de mandíbula, mi maestro se comunicó conmigo como si sólo esperara éste momento. Esa bolita era un resabio de cuando mis antepasados eran hermafroditas, y tanto los machos como las hembras de nuestra especie la poseíamos. Era un ovipositor.
¿Un QUÉ?
Se trataba de un pequeño tubo retráctil con el que se ponían los huevecillos de nuestras crías para ser fecundados. También podíamos segregar e incluso disparar con él pequeñas cantidades de veneno a distancias cortas. Esto, claro, en tierra firme. Por supuesto, éste tema sacó a colación el del apareamiento de nuestra especie, y mi maestro, con un notorio embarazo, decidió dejar el tema a un lado por el momento. El ovipositor era, sin embargo, un arma formidable. Incluso los huevecillos sin fecundar resultaban extremadamente venenosos, paralizando a una posible presa en segundos o incluso matándola, dependiendo de la clase de toxina que hayamos inoculado en el huevecillo. Aunque no dejaba de pensar en lo que sucedería si le acertaba a una persona por error, mi maestro afirmó que no tenía razón para preocuparme. Sólo por probar, seguí sus instrucciones y produje un huevo infértil con no pocos trabajos. Era oval y más pequeño que un huevo de codorniz, pero estaba cargado de letal veneno.
De pronto resbaló de mis dedos y se estrelló contra el piso. Mientras retraía mi ovipositor bajo la lengua e iba en busca de una toalla de papel para limpiar mi gracia, uno de los gatitos se acercó a oler el huevecillo roto. Dio dos o tres lengüetazos al contenido y luego, desanimado por el sabor, se fue en busca de un juego mucho más interesante, después de haber ingerido veneno suficiente como para matar a diez vampiros.
Preparé la ropa sucia para meterla al fin a la lavadora. La gata, en un arranque de generosidad, había accedido a devolverme el uso del bote de la ropa sucia (mediante el previo soborno de comprarle una camita en la tienda de mascotas). Ahora se regodeaba en su flamante lecho mientras veía jugar a sus tres hijos, cuyos retozos trataba yo de no interrumpir, aunque incluso con mi agilidad sobrehumana debida a la ingesta masiva de carne de vampiro, era difícil caminar sin pisar accidentalmente una patita o una colita llevando un cesto lleno de ropa en los brazos. Abrí la lavadora tras dejar a un lado el cesto, y vacié en ella una dosis de jabón líquido.
De pronto, me di cuenta de algo.
La gata había dado a luz cuatro gatitos. Y sólo tres estaban jugando allí. Se me paralizó el corazón, ¿dónde podría estar el otro gatito?
Lo busqué infructuosamente por todo el cuarto, en vano. Y no dejaba de ser raro que un ser inmortal de los canales que no dudaba en decapitar vampiros a dentelladas sintiera tanta inquietud por un animalito que de cualquier manera no viviría muchos años. De pronto recordé que estaban jugando cerca del huevecillo que se me había caído al piso, y palidecí de inmediato. Probablemente el gatito se había envenenado por mi torpeza. Sentí súbitamente una profunda angustia.
Y en ése momento, escuché un tenue maullido. Corrí hacia el lugar de donde provenía mucho más rápido de lo que lo haría si no hubiera comido en dos días y viera a un vampiro en traje de baño disponiéndose a nadar en el canal.
Bañado en jabón líquido, el cuarto gatito esperaba anhelante, en el fondo de la lavadora, que alguien lo rescatara.
El Faro Invisible.
El océano lleva a la costa el oscuro rumor de sus heladas olas. Aquél solitario faro que se alza de la nada y trasciende la profunda noche, de naturaleza tan semejante al gélido vacío del espacio exterior, es la única luz visible en kilómetros, erguida sobre arrecifes que extienden ciegos sus garras de piedra, eternamente frustrados en su sed de sangre desde que el faro fue construido.
No sólo salva, atrae, guía la luz. También el sonido. El único acompañante del farero es su fiel radio rojo, con la pintura plateada desgastada y un par de vueltas de cinta de aislar para mantener unida su carcasa después de algunos trancazos que se ha recetado al caer por la escalera. Lo compró en un lejano puerto en los años ochenta, y aún funciona. Es uno de los muchos sucesos inexplicables de que está llena la vida, hechos que, por alguna razón, parecen menudear en la zona.
El farero ama rabiosamente a su radio, como no ama a su esposa muerta ni a su hijo que vive en Chicago. Porque el radio sigue con él fielmente, no lo abandona para irse al norte o al más allá, lo acompaña con su charla y con ésas olas de música con las que él se rehúsa a escuchar las olas del océano, que después de casi cuarenta años de trabajo ya le hartaron. Lo cual es una lástima, porque así oiría los cantos nocturnos que últimamente viajan de puntillas sobre las crestas de espuma y que son al mismo tiempo un llamado y una respuesta.
El viejo radio canta. Es como un salvavidas para no hundirse en un mar de soledad. La programación de la noche es la mejor: como no hay locutores, el operador de la noche puede mandar a la goma la lista de programación y poner música que rara vez se oye en el día. Música realmente extraña, olas sonoras por las que surfea la conciencia, armonías y voces que transportan a lejanos paisajes, a emociones adormecidas por falta de uso, a sensibilidades oxidadas, pero aún funcionales. A rostros de personas jamás vistas, lugares donde nunca se ha estado, luces distintas de la lámpara del faro, tenues, como de una vela, que jamás han dado calor ni luz. Música que lo pela a uno como se pela a un plátano, hasta dejar al descubierto un corazón que se retuerce al exponerse a la radiación radiofónica, contra la cual se está completamente indefenso, pero que uno ha elegido voluntariamente nomás por el placer masoquista de echarle sal a la herida. El farero se siente sobrecogido, pero sigue adelante, con una sensación extraña, deseada y temida, de no estar completamente solo.
La música a todo volumen se escucha muy lejos. El viejo farero está algo sordo debido a tantos años de sirena de niebla. Los estudiosos de los tiburones afirman que el agua propaga los sonidos mejor que el aire, por lo que no resultaría extraño. Y aquella criatura nunca vista por ojos humanos, guiada por el rastro de sonido como por un haz de luz, emerge puntualmente de las aguas y canta de manera inconcebible, que el viejo no oye por su sordera. Canta al oír cantar, crea música porque la escucha, recordando los tiempos anteriores al GPS, cuando los barcos de madera buscaban su voz y encontraban en cambio los traicioneros arrecifes. Canta de nostalgia pétrea e infinita como su existencia sin alma, y el anciano, en sus cabeceos, cree que es una voz en el radio. Pero ninguna mujer mortal canta así.
Al viejo radio se le están acabando las pilas. Su voz es cada vez más débil, como una soprano que muere en el escenario. Y ella, ansiosa de oír, sale de las aguas y se arrastra desesperada entre las rocas, perdiendo las escamas y raspándose las manos, que manchan de sangre el escalón de abajo. Canta ahora en un susurro, apoyada en el escalón de cemento. Jadea por falta de agua, pero emplea sus últimas fuerzas en la nota final. Hace mil años que está tan sola como el viejo farero, y desea caer en la ilusión de que la voz en el radio es el llamado de su especie, que ha desaparecido de los oscuros abismos.
Pero en su interior, sabe que se engaña a sí misma. Rompe en llanto al ver el amanecer, y acepta que la voz del radio no es la suya. Sin embargo, también sabe que esa voz, ahora por completo apagada, se ha convertido en su único consuelo, y sin importarle los peligros de ser vista, volverá eternamente para poder escucharla noche tras noche sin faltar una sola vez.
Al menos, hasta que el farero suba al pueblo y compre pilas nuevas.